viernes, 11 de mayo de 2012

La Mujer Mariposa

Apenas me crucé con ella por una angosta avenida llena de tiendas de ropa, todas llenas de luz en sus entradas por lo que parecíamos estar dentro de un escenario, protagonistas de uno de esos espectáculos urbanos que ahora se representan de forma corriente. Decía que estábamos por esa calle y al verla a unos metros de mí me dispuse a seguirla, claro que me ubiqué a unos discretos metros de ella, no quería perder mi anonimato, aunque en realidad me hubiera encantado que ella se fijara en mi, que me viera una sola vez y que esa observación hubiese tenido la fuerza suficiente para amarme a primera vista. Exagero, por supuesto. Sé que nadie se enamoraría de mí a primera vista, ni siquiera con una segunda que tratara de enmendar el rechazo de la primera.

La mujer mariposa, pensé, al ver su tatuaje en unos de sus hombros desnudos; una mariposa bastante colorida, como llena de vida y cuyas pequeñas alas parecían volar por el desierto de su piel. Traté de acercarme un poco más para fijarme en su rostro, caminé más a prisa y ella, no entiendo porqué, parecía alejarse con la misma velocidad; casi me puse a correr y entonces llegué a estar de su lado, como una pareja que se ha peleado y camina separada. La miré de reojo y supe que no me equivocada, que ella era algo más que una mujer. La mujer mariposa nunca me vio, ni aunque se hubiera caído en mundo sobre mi se hubiera dado cuenta de mi existencia.

Llegamos a un cruce donde tuvimos que parar por el tráfico, el semáforo estaba en verde y aproveché esa breve transición para mirarla de frente, casi con brusca ansiedad. Un hombre se interpuso en mi vista y me despistó, cuando volví a buscarla la mujer mariposa ya cruzaba a la otra calle. Yo tenía que irme, no podía seguirla más porque sabía que todo sería en vano, que ella seguiría caminando de frente mientras me alejaba y pensaba en su vuelo, en su vestido ligero y negro y en su mariposa tatuada que todavía viaja por mi mente. **


DQV.